"EL HACENDADO QUE TENÍA PACTO CON EL DIABLO"

LEYENDA DE LAREDO Y TRUJILLO
Informante: Evita Alvarado Robles
Versión textual: Saniel Lozano Alvarado

        Todos los martes y viernes, en las noches de luna llena, cuando el silencio envolvía por completo a las estancias y comarcas de la hacienda Laredo, los campesinos eran aterrados por el estridente paso de una carreta proveniente de Trujillo, jalada por briosos y jadeantes caballos.
En la inmensidad del silencio, los agudos aullidos de los perros se perdían dolorosamente, al mismo tiempo que los chirridos de las ruedas parecían clavarse en los oídos y en el alma de los humildes pobladores quienes, según órdenes expresas del administrador, capataces y mayordomos, tenían que trancar las puertas de sus casas y no salir por ningún motivo, bajo el peligro de fuertes sanciones y castigos en casos de desobediencia.

        A esas altas horas de la noche, el misteriosos jinete, ricamente vestido, dirigía su carreta a uno de los cerros de cima tan prolongada, a manera de punta, y fácilmente visible entre los pueblos cercanos del Valle Santa Catalina y desde la carretera que conduce a la sierra Liberteña. En dicho lugar de imposible acceso tenía sus citas con el diablo el jinete que, para muchos cristianos, se trataba del propio dueño de la hacienda, poseedor de inmensas e incalculables fortunas a cambio de la entrega de su vida al rey de la tinieblas. Por eso, cuando el enigmático personaje murió, en vez de su cuerpo se veló y sepultó un ataúd lleno de adobes, que fue conducido a una imponente tumba de negras y brillantes losas, y engalanada por hermosas figuras y cadenas de bronce.

      Hasta ahora, dicho mausoleo sigue siendo el mas grande del cementerio de Miraflores, de Trujillo, aunque cada día se deteriora mas y se pierde en el abandono.

         Entre mucha gente existe la creencia de que ciertas riquezas, cuya calidad no guarda proporción con el trabajo o con los ingresos económicos de la persona, se han obtenido a través de una alianza con el diablo. En virtud de dicho contrato, el hombre vive rodeado de todos sus bienes, goza del logro de sus deseos, disfruta de felicidad terrena y realiza todos sus proyectos; pero al morir, su cuerpo pasa a la posesión definitiva del demonio.
         Este caso es aplicable, según se comenta hasta ahora, a uno de los antiguos dueños de la hacienda Laredo, pero cuya residencia estaba en Trujillo.

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